Nostalgia, una dama venática: ella y las torres, las hordas bárbaras, el gigante con brazos de molino y la fantasía de un caballero.
Luego, estambres infértiles, pistilo cerrado. Llegó Tempus, el sensato, quien tomó la corola de Nostalgia y la desnudó.
Eres hermosa, le dijo.
Ajó los pétalos, los polvorizó bajo sus pies; besó sus senos, la penetró incontables veces: quédate aquí, en el presente, regresa. Para hacerlo tendría que cambiarme el nombre, lo sabes.
Ella, ahora la desnombrada, miró hacia el cielo limpio de nubes y concentró todos sus sentidos en las contracciones musculares. Después, ya sosegada, quiso exhalar los restos del pasado, pero de su nariz no salió ni una sola reminiscencia.
Tempus la abrazó al notar su desconcierto, aunque él ya sabía que su memoria era la aferrada, no su corazón. Ella lo comprendió así y con una sonrisa enterrada en el pecho de él, le dijo: quiero llamarme Serenitas.
Serena, tú, entonces.
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