
"El africano es un hombre que desde que nace hasta que muere permanece en el frente, luchando contra la –excepcionalmente malévola- naturaleza de su continente, y ya el mero hecho de que esté con vida y sepa conservarla constituye su mayor victoria".
- Ryszard Kapuscinski
El diminuto ombligo de un continente: Ruanda
Uganda, Tanzania, Burundi y República del Congo son los países que la rodean.
¿A qué desinteresada potencia mundial le importará este país -de apenas 26,338 km²- si carece de todo lo sobrevalorado por el mundo occidental? Ante los codiciosos ojos, en Ruanda no hay nada excepto un nimio territorio que produce té y café arábigo; también carece de recursos naturales explotables debido a las grandes sequías, y a pesar de que la minería es su segunda actividad más fuerte, son contados los minerales que exporta, ejemplo de éstos son la casiterita y el berilio.
En Ruanda no hay diamantes, oro, plata o petróleo como en otros países africanos. Si se tiene bien a visitar este país, sólo se hallarán habitantes curtidos en las más ásperas técnicas de sobrevivencia.
Pero incluso, hay situaciones en que dichas aptitudes no bastan.
Cuando el odio étnico entre hutus y tutsis se desbordó en 1994, más de 800 mil habitantes encontraron la muerte ante la impasible comunidad internacional. ¿Dónde estaban las potencias mundiales que pudieron enviar a sus tropas para proteger a los civiles ruandeses? En una entrevista para el documental Flores de Ruanda (2008), Douglas Greenberg[1]
comenta: “En realidad, ha habido casos de intervención de la ONU pero Ruanda es un caso en el que, bajo mi punto de vista, existe una responsabilidad internacional de genocidio que recae fundamentalmente en la ONU y los Estados Unidos. Mientras estamos aquí, en Ruanda, un genocidio está ocurriendo en Darfur y sobre el que la ONU está haciendo muy poco”.
Los sobrevivientes del genocidio no sólo se preguntan porqué nadie fue a ayudarlos, su vida diaria también se ha convertido en una constante de rencor y de perdón; el Ministro de Educación y Cultura de Ruanda, Joseph Habineza, lo expresa amargamente: “ocurrió hace sólo trece años. Los recuerdos siguen frescos en la memoria, los verdugos siguen todavía ahí, los supervivientes siguen ahí y el genocidio ruandés se vive de esta manera, las personas tienen que seguir viviendo juntas” (Flores de Ruanda, 2008).
[1] Director Ejecutivo del Instituto Fundación Shoah para la Educación e Historia Visual
1994: las colinas de la muerte
En el sitio del Museo del Holocausto de los Estados Unidos se explica que el término de "genocidio" no existía antes de 1944, e incluso cuando se efectuaron los juicios de Nuremberg entre 1945 y 1949, no existía el concepto legal de éste concepto. Para 1998, es decir, cuatro años después del genocidio ruandés, el Tribunal Criminal Internacional para Ruanda (creado por las Naciones Unidas) emitió la primera condena mundial por genocidio a Jean-Paul Akayesu, alcalde de la ciudad ruandesa de Taba. Pero qué hubiese sucedido si la comunidad internacional hubiera intervenido, ¿se habría evitado una masacre?, ¿se habrían salvado cientos de miles de vidas?
Probablemente no.
Los tutsis y los hutus radicales habrían prolongado su odio étnico hasta detonarlo en una carnicería aún mayor que la acaecida en abril de 1994.
Cuando el periodista checo, Ryzard Kapuscinski, recapituló en Ébano sus experiencias vividas en África, se refirió al hambre como una de las principales causas de las guerras civiles en el continente: “Quien tiene armas, tiene comida. Quien tiene comida, tiene poder […] Estamos en un mundo en que el hombre, arrastrándose y escarbando en el barro, intenta encontrar en él cuatro granos de cereal que le permitan vivir hasta el día siguiente” (2007, p. 212). No es que el genocidio de 1994 haya sido producto de una hambruna, sin embargo, el monopolio de una minoría sobre las pocas tierras del país, contribuyó en gran medida a que los hutus se rebelaran contra los tutsis.
Las primeras tribus que se establecieron en Ruanda fueron los twa, quienes forman parte de los pueblos pigmeos de África y, posteriormente, llegaron los hutus, procedentes de la cuenca del río Congo. Para el siglo XV, los tutsis, originarios de Etiopía, conquistaron la región e impusieron un sistema feudal en el que los hutus fueron convertidos en siervos y los tutsis reinaron como los señores.
Por otra parte, los tutsis eran principalmente ganaderos mientras los hutus eran campesinos, y aunque éstos últimos constituían el 86% de la población, los tutsis controlaban absolutamente todas las tierras y las usaban para el ganado cebú. Además, los hutus no tenían ningún derecho para poseer ganado, y sus cosechas, se limitaban a los reducidos y escasos terrenos que los tutsis les asignaban. Cuando Alemania le cedió en 1886 el Reino de Ruanda a Bélgica, las autoridades belgas mantuvieron el modelo alemán y conservaron las alianzas con los señores tutsi. Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial Ruanda se convirtió en un fideicomiso de las Naciones Unidas y los hutus, con una exaltada conciencia nacionalista, comenzaron a protestar fuertemente contra los gobernantes tutsis. Para 1959 el conflicto se agudizó y un año después, el rey tutsi huyó del país junto con 200,000 miembros de la etnia.
El 1 de julio de 1962, Bélgica le concedió la independencia a Ruanda y Grégoire Kayibanda, líder del Parmehutu (Partido del Movimiento de Emancipación del Pueblo Hutu) se convirtió en el primer presidente del país. Algunos de los exiliados tutsis organizaron un ejército revolucionario para retomar su jerarquía social, pero la empresa no tuvo éxito y ocurrió la primera masacre tutsi a manos de los hutus.
Para 1990, las relaciones entre ambas tribus estaban llenas de odio étnico y el gobierno ruandés, controlado por los hutus, debió enfrentar al Frente Patriótico de Ruanda en una guerrilla que se empeñaba en recuperar el poder para los tutsis. Finalmente, en abril de 1994 el avión en el que viajaban los presidentes Juvenal Habyarimana, de Ruanda, y Cyprien Ntaryamira, de Burundi, fue derribado. Este acto violento sumado a la toma de Kigali por los rebeldes tutsis, desencadenó el genocidio que terminó con la vida de más de 800,000 ruandeses.
Gilbert Ndahayo, Director de cine y sobreviviente de la masacre comenta: “Hace trece años hubo un genocidio. Las colinas estaban cubiertas de muertos, de cuerpos, de niños, de ancianos, de gente que fue matada de manera atroz. Y en esas colinas todavía hay señales de la violencia del genocidio” (Flores de Ruanda, 2008). Pero no sólo en las montañas de Ruanda se respira la infamia del odio, basta con ir a Nyarabuye y visitar la iglesia del poblado que se erige con una fachada apacible; en su interior resuenan las voces de al menos 2,000 ruandeses asesinados y los hutus radicales que regresaban esporádicamente para aplastar con piedras las cabezas de los sobrevivientes.
Ahora, la iglesia es un Memorial, un recordatorio de la irracionalidad con la que suele actuar la raza humana. Pero como lo explica Kapuscinski, la historia es un proceso complejo y errático que sólo el futuro podrá juzgar para encontrar la justa medida.
Bálsamo para Ruanda
¿Cómo se debe vivir en un país donde víctimas y asesinos caminan igualmente por la calle, dónde los sobrevivientes presenciaron la muerte de su familia, dónde ser hutu o tutsi aún duele como si se naciera mutilado? “No busques lo que no hay: huellas, cadáveres, que todo se le ha dado como ofrenda a un diosa: a la Devoradora de Excrementos” (Rosario Castellanos, 1968), y es que en la Ruanda después del genocidio, nadie sabe quién usó el machete y quién se defendió de él.
El mundo occidental desconoce la problemática africana, pues la imagen generalizada del continente se limita a dos palabras: hambre y pobreza. Entonces acuden la Cruz Roja, la ONU y sus embajadores para abastecer a los más necesitados de agua, pan y medicina, ¿y cuándo acontece una masacre de esta magnitud?, ¿quién cubre la noticia?, ¿quién se queda ahí para despertar las conciencias dormidas?
Es muy peligroso, dicen, salvaje, se han vuelto locos.
Pero el mundo occidental estará ahí siempre para explotar los recursos naturales de los africanos, diezmar su flora y fauna, probar sus medicamentos en los caídos que nadie recordará. Quince años después del genocidio, los habitantes se están esmerando en la educación de los más pequeños para que se consideren indefinidamente “ruandeses”, para que cesen el odio y el rencor y sea así como el pequeño ombligo de África camine hacia adelante.
La historia de Ruanda necesita ser contada, el mundo occidental se lo debe a los sobrevivientes que clamaron por ayuda y ahora sólo esperan justicia para la impunidad.
Agradezco a David Muñoz, Director del documental Flores de Ruanda, por su valiosa aportación para la realización de este artículo. Sin duda, los testimonios de los sobrevivientes enriquecieron la inquietud por el tema que Ébano y Hotel Ruanda ya habían despertado.
Referencias:
Kapuscinsky, Ryszard, Ébano, Anagrama, Barcelona, 2007.
Flores de Ruanda, (Flowers of Rwanda, España, 2008). Dirección: David Muñoz.
Museo del Holocausto de los Estados Unidos: http://www.ushmm.org
Rubio, Ana, “Elige tu destino: Ruanda”, en: http://www.elmundoviajes.com/elmundoviajes/fichas.html?valor=38&zona=pais
“Matanzas en Ruanda: masacre de tutsis y hutus”, en: http://www.portalplanetasedna.com.ar/malas17.htm
“Fichas territoriales: Ruanda”, Kalipedia, Santillana, en: http://bo.kalipedia.com/geografia-general/tema/ruanda.html?x1=20080703klpgeogra_5.Kes